El
verdugo desprevenido de Borges
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| "Las andanzas del lobo añoso". Ilustrada por el Dr. Humberto Austero. |
Una brisa desafiante y bonita
arremolinaba sus largas piernas por entre el barral de la farola de la esquina
de Carlos Calvo y Ayacucho, tenue, dispersaba un halo aloque sobre el
empedrado, por detrás de la misma, en penumbras, apenas apoyado sobre la farola
como con cierto desgano Borges afilando meticulosamente la hoja de una navaja,
un sonido disperso brotaba de él, un alcalino refunfuñar o una silbatina ronca
y apagada de un arrabal en fuga.
El silencio le cedió espacio a
la caminata de una silueta, la suela rechinaba sobre la calle del viejo San
Telmo, por lo lejos se divisaba un sobrero envuelto en herrumbres de nicotinas y olor a
sabueso, el malevo desafiaba el paso acercándosele al escritor, con un gesto
austero en la comisura de su labio brindó los primeros acordes de la milonga,
un brazo extendido invitando al baile, Borges accedió dentro de su pánico
armonioso que acostumbraba llevar a cuesta, promediando la milonga, acercó su
boca al oído del malevo, una voz cortada profanaba la melodía, entre murmullos
diseñó un atentado contra el general, que desacomodaba la biblioteca del
literato por esos días, un odio de contrición muscular, una molestia en el tic
tac del reloj.
Al escurrirse el nuevo sol de
la mañana, un velo de paranoia comenzó a surcar por las venas del ensayista,
burlaba las sombras del numero veintitrés por cada uno de los rincones de la
histérica Buenos Aires, lo acorralaba en su frio despertar, maniatando una
valentía perdida entre las tintas de las palabras, desmoronaba sonrisas,
ímpetus, glorias apartadas, solo dejaba aliento necesario de una virtuosa
escritura.
Una acuarela de grises sobre
el contorno de un cuerpo inerte en el piso de la habitación, en el bache del
espacio, a veintitrés pasos de su aleph embriagaba su cuerpo con sangre,
manantial de penumbras que nacía de una daga otomana incrustada sobre su
abdomen.
El verdugo acomodaba su solapa
con indulgencia, de aquellas que redimía
la aburrida laberíntica cobardía del viejo poeta, recorriendo la nada del
postrero rio en su barca de hiel, nos brinda en su fausta memoria un abismo de
inmortalidad.

2 comentarios:
Siempre he imaginado cómo sería la vida de uno de esos verdugos de antaño cuya misión era acabar con la vida de otros a los que, bien seguro, no conocían la mayor parte de las veces.
Me gustó muchísimo la forma de describir situaciones y sensaciones.
Un abrazo muy fuerte y a seguir creando historias.
Towanda, muchas gracias por tus consideraciones, existen líneas de pensamiento que atraen por la simple naturaleza que nos doblega, tal vez veamos en los verdugos de antaño cierto romanticismo (siniestro, al fin de cuenta) perdido en los días de hoy.
Es un placer saber de tu visita.
Saludos cordiales.
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