Flores de polvo
Tulio vertía con bastante
meticulosidad agua sobre un masetero en el ala este de su vivero en Pompei,
para él representaba un festín la espera de convertir su trabajo en colores.
Por detrás, escuchó un fuerte rugido que parecía provenir de las entrañas de la
montaña, tan fuerte que paralizó el sol que cubría con gracia la ciudad y su
costa, por la ladera cercana a la cumbre brotaba una espesa humareda que se
alzaba al cielo como brazos demandante de cariño, con la atención de la
población puesta en ella dejó emerger otro gran estruendo desde su interior, un
sonido aterrador, de una profundidad tal que contaminaba de fríos los espíritus
de quienes se atrevía en presenciarlo.
Un espectáculo atroz que
esgrimía el teatro del terror, el cielo se transformaba en una gigantesca
cúpula negra que lo cubría todo impidiendo el reinado del sol, ni siquiera filtraba algún hilo de su luz, por sobre la
cima, en su naturaleza animal, un improvisado telón representaba relámpagos
rufianes que se asomaban impetuosos acompañados de un ensordecedor tronar
sacudiendo en ondas la vegetación, el caos gobernaba a la población huyendo de
una nada inentendible en una situación inesperada que perforaban sus actos.
En su última teatralización la
montaña vomitó fuegos de piedras incandescentes, nieve pómez por cada rincón,
las miradas solo lograban distinguir las cercanías de aquella monstruosidad
después de allí todo se transformaba en cegueras, una lengua roja se deslizaba
sobre la ladera acechando la metrópoli, se volvió la vida en corridas, de un
escondite inútil a otro, Tulio emprendió su fuga hacia su vivero, se tropezó
con llantos y griteríos, suplicas y desconciertos, se topó con soldados que
cazaban vidas jóvenes para ofrecerlas en sacrificio y así saciar la voracidad
de la montaña, a duras penas pudo distinguir su parcela, a tientas tomó del
interior de una vasija sus sueños y corrió hacia la costa, una vez allí, con
sus pies posados donde se estrellaba el oleaje sobre la arena de una línea
marina en retirada observó como una cobija de polvo denso descendía de la
cumbre, a su letal paso, la pútrida muerte carbonizaba los latidos, Tulio no
podía comprender el por qué sus dioses deseaban devorar su cielo con aullidos,
negruras y fuego, saboreó con amarguras como engullía vidas de maneras
espeluznante, a unos pocos metros de él, antes de ser alcanzado por la trampa
ardiente cayó sobre la playa, llevó su tesoro al interior de sus manos
entrelazadas, custodiaba las semillas de su flor preferida, su legado, cuando
su espalda parecía arder se volvió protección en forma fetal.
Una hermosa flor saborea la
salina ventisca en los días del hoy, resurge, se vuelve héroe y llora en
colores sus recuerdos.


