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| "Malas compañías". Ilustrado por el Dr. Humberto Austero. |
Un
maniático suelta sus carcajadas en el edén
En una noche donde se escarcha
la humedad de tus ojos, Dios en su tiempo libre cubre un par de huecos
celestiales a paladas de tierra en su jardín privado de su infinita mansión
divina. Esos hermosos huecos filtraban la luz de sus estrellas a dos personas,
las cueles se marchitaron y desaparecieron.
La consternación estremeció a
los pocos fieles que le quedaban sobre una tribuna desolada y caprichosa por
entender el significado de una materia ilusoria, inventada solo para envejecer.
Por ese acto se le inició un
juicio improvisado dentro de su superado, aburrido monólogo autodidacta.
El reducto judicial se erigió
sustentablemente austero, reflejo de su impotencia, no se puede mezclar las
glorias y las sentencias, suele provocar indignas sonrisas para tatuarse en las
pieles de los que germinaran luego bajo un sol que arde desfallecido.
Se le adjudicó la fiscalía a
la sombra de su vejez licuada y en su defensa, la insana burla de un primate, progenitor
de asombros, el azar así lo interpretó, un gesto arbitrario desbordado por sutilezas
y desazones.
Luego de la exposición Dios es
acusado de homicidio doloso, agravado por alevosía y ensañamiento, basado en una
ingenuidad pueril, un ritual acostumbrado dentro de su vahído pero este alega
en su defensa que las muertes son necesarias para corregir el daño de la
felicidad, así coarta la búsqueda incansable por intentar experimentar la
sensación de rozar el infinito, en el deseo de eternidad, la iglesia no fue suficiente.
Hoy se lo ve libre, paseando
por allí, silbando su malogrado tango, se dice que aquel juez, antes de dictar
la sentencia definitiva expresó, “apúrense extraños en adquirir una vida, que últimamente
dios, en su vacilante perfección, las supo exponer en oferta”.

